"Me Llamaba Luna" capítulo 4
Un día más y unos cuantos kilómetros más
recorridos. ¡¡¡ Por si se preguntan porque solo hablo de días y no de noches,
nosotros también dormimos!!!: el cuerpo estará muerto, pero el cerebro no... Y
él, estés muerto o no, siempre necesita descanso. No dormimos ocho horas como
muchos mortales, pero solo porque, el hambre, nos evapora de un plumazo, hasta
las peores pesadillas... hasta los sueños más reales. ¡¡¡Bueno, a lo que iba!!!
Mi brazo ya no sangraba, solamente se dedicó a ser parte del horrible lienzo
que se admiraba al verme. A la vista de todos, se alzaba un gran edificio, del
que tenía bastantes malos recuerdos: era el hotel donde estábamos instalados mi
pareja y yo antes del desastre. Estaba lleno de agentes de la ley, y en su
interior, se podía oír las risas de los huéspedes, que, seguramente, no les habrían
dicho nada de lo ocurrido, con tal de llevarse más monedas al bolsillo. No solo
se escuchaban sus muecas de felicidad, sino, que también, se podía percibir el
olor a sangre fresca, llenando mi cuerpo de hambre. En los alrededores del
recinto, había más de nosotros merodeando a escondidas. Nos miraban y más se
agitaban, al saber que los ganábamos en número y poder. En un abrir y cerrar de
ojos, uno de ellos se acercó corriendo a la alambrada del hotel y recibió un
certero disparo. Se acercó otro y lo mismo. Pero eso no los hizo decaer, ya
que, en manada se acercaron, rompiendo la " irrompible" frontera,
entre nosotros y la carne jugosa. Los desarmaron y los tiraron al suelo, devorándolos
aun disparándolos a quemarropa. Nos dejaron en ventaja y entramos como una jauría.
Cada persona que nos hacía recordar lo infelices que éramos, morían entre
gritos y sufrimiento, y eso, me recordó a una de mis pocas y próximas víctimas.
Recorrí el hotel, hasta llegar a la piscina, y ahí lo vi, sonriendo como antes,
a los clientes. Ese que me abrió los ojos a la desdichada relación que tenía,
le cobré mi sufrimiento con una buena propina. Agarré su cuello y le tiré a el
agua de la piscina y, mirándole con odio, y sin esperar para hacerle sufrir más
de la cuenta, le arranqué su camisa y le enterré mis desgarradas y sucias uñas
en su estómago, recorriendo y rasgando cada tejido de su estómago, cubriendo
los átomos de cloro con su propia sangre y, antes de que sus ojos palidecieran
de muerte, agarré sus testículos y lo desmembré con tanta fuerza que pude ver cómo,
hasta sus intestinos, tocaron mis sucias manos y, sin acabar aún, enterré sus
gónadas en su putrefacta boca, haciéndolo morir de la forma más desquiciada.
Después de esa gran satisfacción, lo único que podía pensar es en, subir las
escaleras del hotel, y llegar a la habitación donde nos hospedamos. Subí lo más
rápido que pude y golpeé la puerta con un extintor cercano, desplomando la
seguridad. No había nadie ni nada. Ni una simple nota, ni una camiseta en el
armario, pero, era normal después de tanto tiempo transcurrido. Bajé de nuevo
las escaleras y salí del hotel, recostándome en la hierba que rodeaba la
instalación. ¡¡¡ ¿Qué vas a hacer Luna?!!! .Me pregunté una y otra vez sin
respuesta.
Mi piel más podrida. Ya no era grisácea como
antes, se estaba volviendo verdosa y casi negruzcas en algunas partes de mi
cuerpo. Me estaba volviendo más lenta e inútil: ya no contaba con dos brazos y
mi equilibrio era fugazmente controlable. Pensaba que mis días estaban
contados, pero solo era algo que no sucedía por desgracia.Pasaron varios días y aún seguíamos en los
alrededores del hotel: Había demasiada comida que no podía ser desperdiciada.
Mi alimento por esos días fue ese desgraciado que cambió mi vida. Lo comí
lentamente y me supo delicioso. No me dolió enterarme que mi novio es
homosexual, sino, que nunca me lo dijo ni me apartó de su vida cuando yo le
daba todo mi amor y apoyo. Me consideraba una persona bastante abierta de mente
y que podía perdonar. Me enfurecí porque me mintió y porque eligió el mejor
regalo que me habían dado en mi vida, para hundirme en sollozos. Aunque, aun así,
deseaba verlo y abrazarlo una vez más.Bueno, como decía, seguíamos cerca del hotel,
evitando a los militares y las balas y despojando a varias personas de su vida.
Mientras, unos hombres en las calles aledañas, pegaban unos papeles naranjas en
la pared. No les puse atención, hasta que nos acercamos horas después. Arranqué
uno de esos papeles y lo leí más de cerca e intentando traducir lo que en ellos
ponía.Era un número de teléfono de cierto hospital,
donde se expondrían cuerpos para poder reconocerlos y darles sepultura.No sabía dónde se localizaba el hospital pero con
el número creo que podría hacer algo para saber la dirección .Aún quedaban tres
días para la exposición de los cuerpos y tendría tiempo de llamar antes. El día siguiente transcurrió con la búsqueda de
móviles en el hotel. La mayoría estaban con la batería agotada y otros,
empapados en sangre y destrozados a mordiscos por compañeros demasiado
hambrientos. Busqué en las habitaciones, hasta que en una de ellas, encontré lo
que necesitaba: Cargado y en buen estado. Solo faltaba ver si tenía saldo.
Agarré el papel arrugado donde estaba el número del hospital y apreté como pude
las teclas. Como un sonido perfecto se
escucharon los tonos de la llamada y suspiré profundamente. No sabéis que
satisfacción sentí en ese preciso momento, que hasta las lágrimas mojaban mis
mejillas. Cinco tonos y respondieron. Un buzón de voz contestaba y me
preguntaba que deseaba. Pulse el botón deseado y una música, que antes me
habría podido parecer odiosa y frustrante, ahora me pareció música tocada por
ángeles. Tardaron más de cuatro minutos, hasta que un operador contestó a mi
llamada. Me preguntó que deseaba y acerqué mi aparato infantil al micrófono del
móvil. Era en japonés obviamente, pero más o menos apreté dicho artilugio
diciendo esto: Deseaba saber doouunde puedouuu encountrar el houspital, para
ver si algún familiar ha fallecidouu. Maldita “o” me hacía parecer estúpida o
que jugaba con los sentimientos de otros. El operador, me dijo donde se
encontraba el hospital y lo memoricé en los pedazos de cerebro que aún me quedaban
en mi podrido cráneo. Ahora solo faltaba encontrar dicha calle en esa inmensa
ciudad. El hospital era el Sendaiteishin y ahí debía ir.Después de esa noche, me volví en un saco de
ansias. Hacía tiempo que no encontraba nada de luz en los días y ahora, todo
eran planes en mi cabeza. Pero. ¡¡¡¿Qué haré al llegar?!!!.Eso aún estaba por
ver. No sabía ni como entraría sin ser vista. No tenía ni pasaporte, así que en un papel del
hotel, escribí mi nombre y mi nacionalidad lentamente, para que no pareciera
que lo hubiera escrito un niño de cinco años, con problemas de epilepsia. Lo
guardé en mi rasgado pantalón y proseguí mi camino y ahora iría sola.Solo podía salir de noche para que ningún humano
me pudiera ver y mis esfuerzos fueran vanos, a la vez que no quería ser
golpeada o muerta a manos de alguna persona. Lo malo de deambular en la
oscuridad, es que los edificios todos parecían iguales. Sin alumbrado era
complicado distinguir colores o nombres. Vagaba cerca de las paredes de cada
edificio y lejos de calles estrechas evitando toparme con algo.Cuando el sol acariciaba las partes más altas de
los edificios, buscaba basureros o casas deshabitadas para ocultarme y, desde
los restos de comida podrida o edificios llenos de silencio, contemplaba la
ciudad fantasma. Cuando no se oían pasos o el pánico me dejaba caminar, salía
hasta la mitad de la calle para mirar mejor. Tenía tanto miedo que solo había
podido recorrer en más de diez horas, tan solo unos seiscientos metros. No
hallaba el dichoso hospital por ningún lugar, pero aun así no me desesperaba.
Debía de seguir buscando costara lo que costara. Era mi escapatoria a tanta
tragedia si es que la podía haber. No miento si digo que pensé muchas veces en
decaer y tirarme a las llamas de algún edificio o ponerme en la trayectoria de
alguna bala. Pero más que eso, solo quería verle a él o llegar a mi hogar, a mi
país y descansar. Es raro que echara de menos a mi pareja y no a mi familia. En
todo este tiempo no había pensado en mis padres ni en mi querido hermano. Tal
vez, el dolor, el ego y la soberbia me pudo más que la añoranza: Morriña como
dicen donde proviene mi padre. No he tocado mucho ese tema tampoco, porque esto
no es una biografía, sino la historia de lo que aconteció en ese viaje. ¡¡¡¿
Deseas saber más de mí?!!!. ¡¡¡¿ No te basta con saber que me convertí en un
ser despreciable e inhumano que solo desearía verte indefenso para robarte los
pedazos más sabrosos de tu cuerpo?!!!. Bueno, está bien, pero lo sabréis en su
momento. Mientras proseguiré con la historia si me dejáis un poco en paz.Empezó a anochecer y solo quedaban menos de
veinticuatro horas para llegar. Me levanté y corrí por las calles lo más rápido
que pude. Esta vez, no me detenía el miedo, solo tenía prisa. Una calle cortada
y a la izquierda un callejón: justo lo que no quería. Después del callejón se
entreveían luces azules y blancas. Suspiré y corrí aún más rápido y casi
llegando a la luz, tropecé. Algo agarraba mi pierna y al intentar ver que me
detenía, unos ojos color perla me miraban con odio. Solo se oía su sonido
desgarrador que escapaba por su boca que aún no se percibía, por la oscuridad
de donde nos encontrábamos. Arrastré mi cuerpo, mientras esa mirada me penetraba
y su mano agarraba mi pierna, para poder alcanzar más luz y poder ver que
estaba pasando con más claridad. Ahí la vi: era la mujer que siempre acompañaba
a Yian, intentando paralizar mi huida. No sé si quería cobrarse todo lo que
paso en el pasado pero algo tramaba. Agarré una pieza de metal que se
encontraba cerca de mí y le di en su repugnante rostro, escuchando aún más
alto, su odioso sonido. Golpeaba con fuerza, pero no soltaba mi pierna.
¡¡¡Maldito saco de huesos!!!. Me levanté como pude y la arrastré por el
pavimento hasta que algo me freno de golpe. Yian estaba encima de la mujer,
pisándola la cabeza y la espalda como si se tratará de una tabla de surf. Le
miré con compasión como antes lo hice y apoyo su bota con más fuerza en el
cráneo de la mujer, haciendo desfilar ante mí un gran chorro de sangre y
pedazos de su masa gris. Solo con el peso de su pierna, se desprendió de su
compañera. Agarró la mano que aún me sostenía y la soltó. En ese momento corrí
de nuevo hacía la luz, pero en unos pocos metros de nuevo me freno. Me agarró
del cuello con demasiada fuerza y me levanto del suelo haciendo notar su fuerza
y poder. Giró mi cuerpo hasta mirarme a los ojos y me miró con furia. No
entendía nada. Me acababa de salvar de una pelea contra su compañera y ahora me
tenía equivocada con sus gestos y la fuerza de su agarre. Como pude, saqué el
papel del bolsillo de mi pantalón y se lo entregué con lo que me soltó el
cuello y caí con fuerza al suelo. Lo leyó e hizo una mueca en su rostro, como
sonriendo. Agarró el papel y me lo lanzó a la cara con desprecio. Me agarró de
la espalda y me guio por el callejón hasta llegar hasta la luz.
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