Hoy rompiste nuestras fotos. No entiendo qué te pasa ni
porque estas tan distante: te toco y te apartas; te hablo y te vas; me acuesto a
tu lado y esquivas mi calor. Tu madre hoy colgó el teléfono nada más oír mi voz
y tu hermana, no se digna ni a mirarme a los ojos. Yo siempre estoy a tu lado y
procuro hacerte feliz. Aunque este muerto no quiero que te olvides de mí.
sábado, 8 de febrero de 2014
jueves, 6 de febrero de 2014
Juventud desechada
¡¡¡ Mira el balón que te ha regalado tu tío!!!: le decía a su hijo mientras sacaba el cuero esférico de la bolsa. ¡¡¡ Ve a la plaza con tus amigos, corre!!!: le decía una y otra vez, mientras su hijo estaba absorto con su nueva tecnología en las manos.
Maldito Alzheimer
Solo observo y me quedo callado, mientras unas manos tocan las mías. Su mirada lagrimeante se encuentra con la mía…tan perdida. Sus labios acarician mis mejillas y una voz suave roza mis sentidos: ¡pronto volveré Papá!, y se aleja por los blancos pasillos. Confundido, por no saber quién es. Aturdido, porque nunca lo sabré.
Hermanos
Llegaba la noche y era su momento: se divertía creando escenarios
escalofriantes y retorcidos a su hermano pequeño, mientras el agarraba su brazo
temblando y la miraba con atención. Ella dormía y el vigilaba cada esquina de
la habitación: perfecta agonía.
Dedicado a mi hermana, que tantas noches abrió mi mente a un mundo nuevo.
sábado, 1 de febrero de 2014
"Me Llamaba Luna". Capítulo final
Al abrir la puerta de salida, corrí hasta la
siguiente calle. Faltaba poco para amanecer y no quería una bala en mi cabeza.
Las calles cercanas al edificio donde me encontraba hace pocas horas, eran
anchas y con mucha visibilidad. Necesitaba y urgía encontrar una calle estrecha
sin luces alrededor: antes siempre evitaba ese tipo de callejones y ahora eran
mi válvula de escape y salvación. Escuchaba disparos no muy lejanos y me
apresure hasta llegar a un aparcamiento de un centro comercial. Fui hacia los
basureros y me adentre entre los cartones, ratas y comida podrida. Decidí
descansar ya que la luz del sol empezaba a divisarse en el horizonte. Pasaron
unas pocas horas y algo me despertó: un perro callejero estaba devorando mi
piel y llegando a mis intestinos. Lo extraño es que no me dolía ni sentía nada.
El hocico del perro se teñía de sangre, mientras me miraba con tranquilidad.
Agarre mi intestino de su boca y tire de él para que no siguiera comiendo, pero
el perro insistía tirando de él con más fuerza, como si de un juguete se
tratara. Hasta que decidí lo más lógico: comer o ser comido. Agarre la cabeza
del perro con fuerza y la golpee contra el suelo una y otra vez. Cuando ya
estaba casi inconsciente, le mordí del cuello hasta desangrarlo. Más de un
metro y medio de mi propio intestino, se deslizaba sobre el suelo. Era negro
como podrido y un fuerte hedor salía de la herida que ese perro me había
producido. Metí el intestino dentro de la herida y seguí devorando al can.
Cuando ya solo era despojos y pelaje, me sacie de él. Apoye mi mano en la
herida y seguí en el camino hacia el campamento. Ese olor ha podrido inundaba
mi sentido olfativo: era repugnante y ya cubría mi cuerpo por completo e
insectos se empezaban a apilar alrededor de la herida como si los hubieran
llamado para el gran festín. No estaba tan lejos del centro de la ciudad así
que debía encontrarlo en pocas horas.
Pero las horas se convirtieron en otro día y otro.
No lo encontraba y me estaba pudriendo y secando por instantes. Una noche más y
en vano: tuve que parar mi camino porque un grupo de militares estaban por la
zona y estaban disparando a cualquier cosa que se movía: parecía que les
empezaba a dar igual si eran personas normales o eran como yo. Vi morir a
tantas personas esa noche que parecía una guerra civil.
Parecía que el creador se había olvidado de ese
lugar, o el mismo infierno estaba reinando en ese lugar. Ya no sabía si lo que
pisaba era el suelo o huesos esparcidos por la metralla. Aunque me había
convertido en una criatura, esos hombres armados eran verdaderos asesinos en
potencia. Temblaba al oír pasar los coches y furgonetas. Sabía que ese sonido podría
ser el último que escuchara. Pero aun así cada vez que podía, avanzaba en mi
recorrido. Unos metros más y a esconderse: que forma más horrible de
existencia.
Y el ese olor no cesaba: solo me tumbaba unos
cuantos minutos y ratas e insectos reptantes se acercaban para querer comerme
en vida o lo que fuera que sea por lo que aun camino. Pasaron horas y de nuevo
ahí estaba mi fiel amigo: el hambre. Pero ahora sabía que podría hacer: usaba
ese cebo oloroso para comer lo que pudiera. En el menú de hoy: dos ratas y algo
parecido a una zarigüeya. Con las ansias ya calmadas, seguí mi camino. Unos
pocos metros hasta que escuche unas pisadas al final del callejón. Era un
sonido rígido como el de unas botas de construcción. Me escondí detrás de una
placa metálica y pude ver cuando la luz se poso sobre su casco. Era uno de
ellos buscando a que poder quitarle la vida. Se acercaba más a mi situación y
no veía escapatoria. El militar solo llevaba una pistola pero aun así me daría
alcance rápidamente. Lo único que podía hacer era ocultarme un poco más y rezar
para que no me viera. Avanzaba lentamente y pateaba cualquier caja u obstáculo
que hubiera en su camino para encontrar a uno de nosotros. Mis piernas
temblaban y temía que pudiera hacer cualquier movimiento que me descubriera.
Paso por enfrente mía sin darse cuenta de donde estaba. Siguió hasta casi
llegar a la calle hasta que algo le hizo girar su cabeza de nuevo al callejón. No
sé si me pudo ver, pero tampoco le di opción: fui hacia él y le golpee con la
rodilla en los testículos. Saque su casco y le golpee con él en su nuca hasta
que soltó el arma y le seguí golpeando hasta hacerlo desmayar. Quise hacerlo
desaparecer pero no quería que me encontraran los demás militares: Solo me
lleve su arma y corrí.
Con el arma en mis manos, solo tenía un
pensamiento: el suicidio. Quitarme la vida en ese instante sería la mejor
opción. Abandonada por el destino, por mis seres queridos y hasta por la vida misma.
Mirarme solo me daba repulsión y lastima. Pero algo dentro de mí, quiso que
buscara mi meta: ser reconocida por mi familia o mi novio y tener una despedida
digna después de todo lo ocurrido hasta ahora. Pero lo que si me quedo claro es
que la muerte, de la cual era su viva imagen, ya no me asustaba.
Ya no corrí más, solo caminaba escondiéndome de
las luces y los pasos de los militares. Mis piernas no podían caminar más, mi
estomago no dejaba de pedirme alimento y mis ojos ya no visualizaban ni las paredes
que estaban a mi alrededor. Todo se volvía cada vez más obscuro y más tenebroso
a cada metro que mi inútil cuerpo recorría. Aquel agujero en mi piel cada
minuto se hacía más grande y cuanto más grande, más mi esencia se apagaba.
Y de nuevo, al final del camino, una luz. Esta era
más cegadora que las demás. Se oían las aspas de los helicópteros como si
mutilaran mis oídos. Murmullos en cada rincón: como si los ladrillos de aquella
ciudad tuvieran vida propia. Temblaban los escombros y temblaba yo.Llegué como pude a esa luz y ahí me encontré con
especie de campamento militar: Tiendas inmensas de campaña llenas de gente
poblaban aquel lugar. En un segundo miles de armas apuntaban a mi miserable
cuerpo, hasta que una voz en lo lejos destrozó mi mente con un:
¡¡¡Noooooooooooo, no disparen!!!. Una voz tan familiar que me aterró escuchar.
Frente a mí aquel hombre y alrededor, otras personas: mi familia y mi novio. No
se acercaban, solo se mantenían a la distancia: Los vislumbraba difusos, como
una pintura inacabada. De mi madre solo escuchaba sus llantos y de mi novio
solo un tímido balbuceo. ¡¡¡Luna: ¿estás bien?!!!, ¿Qué te pasó?. Quería hablar
y como siempre, esa cosa áspera en mi garganta que lo impedía. Solo pude abrir
los brazos en forma de cercanía pero solo él se atrevió a dar unos pasos más.
En unos metros mi novio y a unos pasos miles de fusiles apuntándome. Di unos
pasos y no retrocedió con lo que me avance apresuradamente a él. Lo abracé y el
dejó salir sus lagrima. Levanté mi frente y le miré a los ojos:
Me miraba con pena, casi con asco y le alejé del
abrazo. En ese momento, de nuevo, los militares cargaron sus armas. Miré a mis
padres y a mi novio casi despidiéndome y de mi pantalón haraposo saque la
pistola que arranqué de las manos de aquel joven. Lo puse en mi sien y cerré
los ojos. Iba a apretar el gatillo cuando las armas de los militares dispararon
al unísono: raro porque aun seguía viva y no sentí ningún dolor. Abrí los ojos
y ya no vi a mi novio cerca de mí, ni a mi madre llorando. Las armas apuntaban
a cientos de cuerpos que salieron de todos lados y en frente de mis ojos,
saliendo del polvo de la tierra y del sonido de los disparos ahí estaba: Yian y
aquellos que nos acogieron en aquellas oficinas. Como provisto de inmortalidad,
se acercó y me sujetó de la cintura, llevándome por aquel de donde había
salido. Antes de desaparecer entre los gritos de los armados, pude ver los
cuerpos de mi familia y de mi antigua y fallecida pareja, reposando en el
suelo.
Ahora somos cientos… miles, esperando a la hora de
comer. Si te sigo contando esto es porque sigo en pie: desterrada de la vida
pero en pie. Caminando por la tierra por donde tu pisas y que crees en
harmonía. Vigilando tus movimientos entre las sombras donde no te gustaría
mirar.
Lo dicho querido lector. Tu tranquilidad ahora es
mi mejor arma. Antes, tal vez, negaba lo ocurrido: el mundo me quitó la vida…
yo le quitaré la vida a este mundo.
No me despido de ti, querido lector…. Solo te
puedo decir: hasta pronto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

